miércoles, 23 de enero de 2013

El desamor


¿QUÉ ES?, ¿CÓMO? Y ¿POR QUÉ NOS AFECTA?.
El desamor o el mal de amores como lo identifica la doctora en Sociología Ángeles Rubio, puede causar problemas físicos derivados del estrés y la ansiedad y graves trastornos psicológicos, llegando a estados depresivos, incluso la persona abandonada puede manifestar ideas suicidas. Y cuando enfermamos por amor, nos estamos dejando llevar por las sensaciones negativas que produce el desamor, nos controlan hasta el punto de poder volvernos esclavos o dependientes, por lo que de un proceso normal de duelo ante la pérdida del ser amado, pasamos a un proceso patológico que conlleva a una depresión mayor que debe ser tratada por un especialista.
Tres de las causas que promueven estos estados negativos (patológicos o normales) cuando aparece el desamor son:
  • La ruptura de una relación se entiende como un fracaso personal y social.
  • El desamor conlleva los mismos patrones que un estado de duelo por la muerte de alguien querido.
  • El desamor conlleva los mismos patrones biológicos que la sensación de abandono en el bebé por parte de su vinculo afectivo (la madre).
El desamorVamos a entender el desamor como la ruptura de una relación que puede suceder en la mayoría de casos de manera unilateral, es decir un miembro de la pareja desea poner fin mientras el otro aun quiere mantener la relación, o bilateral, cuando son ambos miembros los que descubren que su historia de amor no puede continuar pero el sufrimiento ocasionado es intenso. En ambos casos el proceso es doloroso, pero cuando la ruptura es unilateral, conlleva  peores estados emocionales y físicos para ambos, pues un miembro se siente abandonado y el otro poseerá sentimientos de culpa y quizás ambos mantendrán una sensación de fracaso.
Fracaso individual y social
Y es que la ruptura amorosa y el desamor se entienden en nuestra sociedad occidental como un fracaso tanto individual, pues hemos fallado a la hora de establecer una relación comprometida y duradera (esta idea suele castigar mucho a las parejas , tanto la que abandona como la abandonada, pues dejan de sentirse competentes para mantener relaciones estables futuras), como un fracaso social, pues de cara a los demás cuando una pareja naufraga se entiende como un cataclismo triste donde ambos miembros de la relación  no han sabido llevar las riendas de su matrimonio.  Pero a veces abandonar una relación es un hecho valiente y responsable, un acontecimiento positivo y entonces el fracaso real solo está, como afirma el Psicólogo especialista en Psicología Clínica, Xavier Serrano Hortelano:en la cobardía de no asumir la soledad coherente, la realidad, que implica el dejar que la otra persona viva libremente y pueda seguir creciendo porque una relación se crea y se mantiene cuando es mutuo el deseo de entregarse a ella”.Por lo que una ruptura no ha de entenderse como un fracaso, sino como una vivencia de nuestra existencia, necesaria para nuestro crecimiento personal, dimos y recibimos y es hora de continuar la vida por otros senderos. La ruptura no es un fracaso, sino un cambio que se ha vuelto necesario.
Sensación de pérdida por fallecimiento
Por otro lado, el fin de la relación se vive como idea de muerte, de fin de un proceso que acaba de forma terrible, pues según Xavier Serrano, conectamos de una forma u otra con el miedo a nuestra propia muerte, pues el enlace amoroso es fusional psicológicamente hablando y al desaparecer el amado, una parte de nosotros queda vacía, teniendo la sensación de perder la propia sensación de vivir y al desaparecer el sentido de realidad la persona puede caer en un estado de depresión y se acentúa si la relación estaba marcada por la dependencia, pues esta empeora exponencialmente cualquier separación y más si esta separación conlleva un “para siempre”.  Por lo que es importante entender la separación como un proceso soportable que aporta beneficios, como dice el profesor de Psiquiatría y Psicología Médica Willy Pasini“Desde el punto de vista psicológico los divorcios como las peleas, están relacionados con la capacidad de experimentar el duelo y la separación como pérdidas parciales, soportables”. Cuando la persona amada ya no nos desea, sentimos que la relación muere junto con nuestra pareja, por lo que pasamos un proceso de duelo y para que este no se cronifique tenemos que entender el proceso como soportable y el fin de la relación como algo positivo para nuestro futuro.
El DesamorPor ello podemos comparar el fin de una relación con la sensación de pérdida por fallecimiento de un ser querido. Para la psiquiatra Elisabeth Kúbler-Ross lo primero que desaparece cuando muere alguien querido, es el compromiso adquirido con esta persona, las expectativas de futuro que ambos tenían, lo segundo que desaparece es la intimidad, el poder estar cerca del amado, cara con cara, mirada frente a mirada, también se esfuman los cuidados recíprocos, velar por la salud física y psicológica del otro y se pierde la influencia mutua que mantienen las dos personas, esto ocurre ante la muerte de un ser querido y como estamos comprobando, al finalizar una relación.
Asunción de la crisis
Y el desamor suele provenir de continuas desavenencias o de una crisis catastrófica incentivada por un cambio de valores individuales, cuestiones laborales o familiares, infidelidad o celos y en definitiva por cualquiera de los factores tóxicos que pueden contaminar una relación, pues como Serrano indica: “la pareja es un sistema vivo” y como tal fluctúa, cambia y se transforma con el paso del tiempo y cuando llega el desamor puede aparecer de forma violenta e imprevista, pues no nos dimos cuenta de lo que ocurría a nuestro alrededor, por falta de comunicación y alejamiento psicológico y físico o ambos ser conscientes de que la relación se apagaba irremediablemente, pero lo que ha de quedar claro es que el problema siempre es de dos, pues tanto las alegrías como las tristezas son compartidas y ambos son corresponsables, casi nunca es unilateral, no suele haber un perdedor y un ganador, una víctima y un culpable, sino dos personas que se enfrentan por igual a una ruptura.
Entonces llega el momento de asumir la crisis. Cuando la pareja decide acabar la relación de mutuo acuerdo, los desajuste y desavenencias suelen ser menores, pues se establece una especie de pacto en la que ambos están de acuerdo, pero en la mayoría de casos, esta decisión suele ser unilateral, es decir solamente un miembro de la pareja desea terminar la relación y el otro queda abatido y desolado y en este caso los dos miembros sufren, puesto que el que deja suele albergar sentimientos de culpa, vergüenza y sensación de fracaso, por lo que lo importante es intentar conseguir un acuerdo que dependerá en gran medida de la tolerancia, de la capacidad psíquica y de adaptación de ambos miembros y sobretodo de la persona dejada, pues esta, en un acto pueril, puede ejercer su rol de victima haciendo sentir al otro culpable, provocando el disturbio, ya que no se resigna a perder al amado, pues no entiende que su pareja no desea hacerle mal (en la mayoría de los casos) solo que está pasando por un proceso de cambio que el miembro dejado debe entender y aceptar por y para el bien de ambos, como afirma Serrano: “En el momento en que una de las dos personas no quiere, se acaba el sistema o se entra en un sufrimiento, que curiosamente es compartido, que es lo contrario de lo que en un inicio los unió. Si les unió un amor compartido ahora les une el sufrimiento compartido”.  Por lo que ambos son siempre responsables de todo lo que ocurre en la pareja, desde cuando esta se forma hasta, por supuesto, cuando esta termina. Casi nunca hay un único culpable.
Biología del desamor
Y nos queda una última cuestión que subrayar en cuanto al desamor en los seres humanos y es intentar responder a la pregunta de por qué el ser humano siente desamor cuando es abandonado por su pareja. Para hallar una respuesta satisfactoria vamos a recurrir aEduardo Punset y a las investigaciones llevadas a cabo por él, recogidas en su libro: “El Viaje al Amor (2007)”.
El DesamorLas investigaciones científicas sobre el desamor han descubierto que cuando este ocurre, en nuestro cerebro acontecen una serie de cambios: el hipotálamo segrega una hormona liberadora de corticotropina (CRH) considerada esta como la molécula del miedo, y esta hormona produce a su vez la hormona (ACTH), esta llega a las glándulas suprarrenales  y las estimulan para que liberen cortisol, que es la hormona del estrés. Con lo que el desamor desata como mínimo dos estados en el ser humano, miedo y estrés.
Las investigaciones de Punset indican que la clave del desamor está en la infancia. Pues se ha descubierto que hay una gran semejanza entre  la ansiedad de la separación de los niños (de la madre) y el desamor en los adultos, según el autor: “El rechazo de la pareja o el desamor evocan los primitivos y poderosos sentimientos infantiles azuzados por el alejamiento de los seres queridos”. Parece que nacemos con mecanismos innatos programados para establecer fuertes vínculos afectivos, que en un primer momento la protagonista de este vínculo será la madre y de adultos, la pareja escogida. Y cuando estos vínculos se rompen por un desamor suena la señal de alarma fisiológica del miedo a la muerte y el abandono.
Esto explica que de adultos nos comportemos como niños cuando nos deja el ser querido, puesto que biológicamente no disponemos de más herramientas para hacer frente a este desamor que las que teníamos de bebés ante el abandono de la madre (mismas hormonas y mecanismos biológicos). En definitiva, los mecanismos por los que un bebé se desespera cuando es abandonado por su madre son los mismos que se activan cuando de adultos nos abandona nuestra pareja, por lo que las respuestas para hacer frente a este suceso doloroso son innatas y no han cambiado desde la infancia a la adultez, por ello todo ser humano atraviesa por esta sensación de abandono, miedo, ansiedad y tristeza cuando es víctima de un desamor y ya dependerá de otros factores (como el apoyo psicológico de amigos y familiares, etc.) cuánto tiempo durará en nosotros estas sensaciones negativas de perdida.
Por lo tanto el desamor puede explicarse biológicamente, como hemos visto, ya que el abandono  comporta un estado de ansiedad, que activa el sistema de pánico, haciendo que nos sintamos frágiles y asustados, cuando nuestra pareja nos deja. Los expertos como la antropóloga H. Fisher, a esta ansiedad la han denominado: “ansiedad de separación”. Este tipo de ansiedad despierta a otro sistema: “el sistema del estrés”. La idea central de la hipótesis de Fisher y otros investigadores, es que cuando nuestro amado decide dejarnos, en nuestro organismo se disparan las mismas sustancias químicas que contribuyen a enamorarnos (activando ambos sistemas de pánico y de estrés), pero de forma aún más potente, intensificando la pasión, el miedo, la ansiedad, incentivándonos a quejarnos y protestar y a procurar con todo nuestro ánimo retener al amado. Parece que estamos preparados biológicamente para intentar retener a nuestra pareja que nos abandona. El amor, el desamor y el odio están estrechamente ligados, pues los conductos cerebrales que se activan en cada uno de los casos parecen ser los mismos.
En definitiva, parece que aun siendo adultos nos comportamos como bebés cuando somos abandonados por nuestra pareja ya que nuestro cerebro utiliza las mismas vías de respuesta ante el abandono de la madre que el desamor entre novios, con lo que podría decirse que estos mecanismos son innatos y por ello todos los seres humanos pasamos por esta fase de tristeza y desesperación.

miércoles, 16 de enero de 2013

El miedo a la soledad

No es infrecuente la sensación de vacío, tedio y hastío existencial que se produce cuando una persona está sola. La solución mágica suele ser buscar una pareja, y así ir encadenando una relación con otra. Desde luego que ese apoyo sostiene a la persona y le hace sentirse escuchada, querida, deseada, valorada, amada... Sin embargo en todo esto hay una trampa, la persona que tiene arraigado el sentimiento de soledad, se siente sola aunque esté con otra persona, de forma que la pareja se convierte en una "cosmética" u "ortopedia" del yo. 

Existe la posibilidad nada remota de que la persona tenga como leitmotiv la búsqueda de alguien de quien depender. 

El amor y el dolor.


La mayoría de la gente, cuando escucha la palabra amor, la escucha como una palabra vacía, sin sentido.
Una palabra que solo nos trae malos recuerdos y un dolor que no se supo curar solo. Un dolor que dejó una cicatriz muy dura en el alma, que ni el tiempo ni el espacio la supo curar.
Pero, ¿qué es el amor? ¿Algo que la realidad nos ha enseñado?, o ¿Algo que la necesidad ha creado?
El amor nos lo dio Dios, lo único que ha hecho la realidad y la necesidad es darle un uso inadecuado y transformarlo en sufrimiento.
Nosotros, somos los que hemos transformado el amor en una necesidad por no querer estar solos, en un mundo, en el que el parecer es más que el ser.
Un mundo en el que no se acepta el dolor como la esencia de la vida, un mundo materialista y superficial, un mundo individualista un mundo que solo se preocupa de si mismo y no de los demás.
Y han adaptado al amor a ese mundo, han convertido el sentimiento más hermoso y libre del mundo, en un sentimiento dividido por el dolor y el miedo.
Piensan solo en si mismos: No quiero amar porque voy a sufrir. No quiero amar porque estoy cansado/a de llorar. No quiero amar porque simplemente quiero ser libre. Y si es así ¿qué es para ti la libertad?, ¿El sentido de no querer amar por miedo a sufrir? O el poder hacer lo que tu corazón quiere hacer
Las personas pasan casi toda su vida buscando a su príncipe azul, sin darse cuenta de que no son la princesa encantada. Quieren cambiar al mundo y no son capaces ellos mismos de cambiar.
Las personas que se enamoran no son débiles, solamente libres. Las personas que reprimen ese sentimiento no son valientes, son miedosos.
Pero hay una gran diferencia, entre enamorarse verdaderamente de la persona y enamorarse del sentimiento.
Al enamorarse de la persona no importa como se vea sin arreglarse, no importa lo que piensen los demás, solo te importa que tienes a la persona mas hermosa del mundo a tu lado y eres libre para amarla.
Pero, ¿qué pasa si uno se enamora del sentimiento? Todo lo contrario, aquí es donde entra el sufrimiento. Cuando el sentimiento se va debido a la rutina, el amor también. Ya que si el sentimiento no está, ya no está de lo que te habías enamorado.
Paulo Coelho escribió: “El sabio es sabio porque ama, el loco es loco porque cree haber entendido el amor”. Estamos en un mundo en el que las personas piensan haber entendido el amor, pero no es así, si alguien dice entender el amor, significa que nunca ha amado de verdad.
El amor es sabiduría y su medio es el dolor, quien ama sufre, eso es inevitable, pero este dolor es un dolor diferente. Un dolor que nos fortalece, un dolor que al final nos enseña a amar de verdad, nos abre los ojos al mundo y nos da un sentido a la vida sin que nos demos cuenta.
Por eso, ama sin miedo a sufrir, porque al final, quien sale perdiendo es quien no sabe amar, porque en esta realidad es difícil encontrar a gente que sepa amar de verdad.
El amor, es el sentido de la vida.

Colaboración de Georgina Muñoz

La autoestima: Te quieres a ti misma?


Gozar de una buena autoestima es básicamente tener una sensación de llevarnos bien con nosotros mismos, de querernos, de valía personal, de confianza ante nuestra capacidad para afrontar los desafíos de la vida y de creernos también merecedores de disfrutar de las cosas buenas que ésta nos ofrece.
La autoestima es importante porque tiene que ver con aspectos esenciales de nuestra existencia, tales como la manera en qué nos relacionamos con los demás, la profesión y la pareja que escogemos y el grado de paz y armonía interior que alcanzamos.

Así, por ejemplo, en el tema del amor si no nos queremos a nosotros mismos, nuestra inseguridad nos hará también desconfiar de que los demás puedan querernos y, como consecuencia de ello, podremos provocar involuntariamente conflictos que terminen por dañar o romper el vínculo con lo cual, finalmente, reforzaremos nuestra creencia de no ser dignos de amor o no ser capaces de alcanzarlo. Es como el pez que se muerde la cola. Por otro lado, difícilmente vamos a poder querer a los demás si no nos queremos nosotros: de todos es sabido que no se puede dar aquello que no se tiene. A lo sumo, podremos hablar de dependencia, pero no de amor auténtico. Además, con una baja autoestima es posible que en lugar de buscar a personas apropiadas para nosotros, valorándolas por sus cualidades y el grado de compatibilidad que tengamos con ellas, tendamos simplemente a buscar personas que nos acepten, que no nos rechacen. 

En el tema del trabajo ocurrirán cosas parecidas. Guiados por el miedo más que por la ilusión, por la inseguridad más que por la confianza, por el afán de seguridad más que por el riesgo creativo, lógicamente actuaremos por debajo de nuestras posibilidades e incluso nos sabotearemos posibles éxitos. Finalmente, ¿cómo podemos alcanzar paz y equilibrio interno si nos machacamos a menudo con pensamientos negativos sobre nosotros mismos, si no nos aceptamos mínimamente, si nos llevamos “a matar” con nuestro propio yo?

• LOS PILARES DE LA  AUTOESTIMA
. Nathaniel Branden, un autor que ha publicado varios libros sobre la autoestima, considera cómo pilares básicos de la misma:
  Vivir conscientemente. Es decir, con una actitud abierta y no defensiva que nos permita reconocer los hechos de la realidad –interna y externa- lo más objetivamente posible. Por ejemplo, algo tan simple -y tan difícil también a veces- como ser capaz de reconocer y aceptar que estoy enfadado cuando estoy enfadado o que estoy triste cuando estoy triste, sin quererlo disfrazar de otra cosa O la capacidad de distinguir los hechos tal como se dan, la realidad “objetiva”, de mis fantasías acerca de cómo me gustaría que fueran las cosas o de cómo temo que puedan llegar a ser. O la capacidad de estar “presente” en lo que hago en cada momento: si escucho, estoy totalmente disponible para la escucha, y no en otra parte, etc.
• La aceptación de uno mismo. Supone que elijo valorarme y tratarme con respeto, admitiendo y aceptando lo que veo en mí con benevolencia. No significa necesariamente que me guste, sólo que lo reconozco como mío. No significa tampoco que renuncie a cambiar sino más bien lo contrario ya que para cambiar, primero hay que reconocer lo que hay. Por ejemplo, no puedo adelgazar si no reconozco que tengo un problema de sobrepeso.
• La responsabilidad hacia uno mismo. Significa estar dispuestos a asumir la responsabilidad por nuestra vida, por hallar recursos para satisfacer nuestras necesidades, en lugar de culpar a los demás o a las circunstancias, o esperar a que alguien o algo nos venga a rescatar y solucione todos nuestros problemas y carencias. Ahora bien, ser responsable tampoco implica ser responsable de "todo”, ya que siempre habrá aspectos de nuestra vida que escapen a nuestro control, y eso también tenemos que asumirlo.
•  La autoafirmación. Podríamos definirla como la capacidad de respetar nuestros deseos, necesidades y valores y buscar una forma de satisfacción o expresión de los mismos adecuada a la realidad. Lo opuesto a esto podría ser tanto reprimir nuestras necesidades legítimas para evitar el conflicto o para complacer, como una actitud excesivamente beligerante o agresiva, irrespetuosa con los derechos de los demás.
• Vivir con propósito. Implica tomar las riendas de nuestra vida y procurar vivirla de acuerdo a unos valores y objetivos que hemos elegido libremente y de forma consciente, en lugar de dejarnos llevar pasivamente por las circunstancias del azar o delegar la responsabilidad de nuestra existencia en personas, instituciones o valores ajenos a nosotros, sea por comodidad o por miedo. Implica asimismo ser capaces de fijarnos metas concretas y realistas, y de cultivar la autodisciplina necesaria para llevarlas a término sabiendo que, a veces, tendremos que posponer la gratificación inmediata de algunos deseos en beneficio de otros proyectos o metas a más largo plazo.
. Olga Castanyer, después de considerar la autoestima, como “el conjunto de pensamientos, sentimientos y conductas que hacen que una persona se considere digna de ser valorada y querida por sí misma, sin necesidad de depender del exterior para ello”, nos avisa de que podemos apoyarla en factores erróneos como son: a) La dependencia de los demás: si sólo nos sentimos bien cuando los demás nos valoran, o b) La necesidad de presentar méritos: si sólo nos sentimos bien cuando creemos que somos buenos padres, buenos hijos, buenos amigos, buenos profesionales, etc.

•  COSAS QUE PODEMOS HACER PARA ELEVAR NUESTRA AUTOESTIMA
Entre la autoestima y nuestros actos existe una causalidad recíproca. Es decir, ambos se influyen mutuamente. Así, por ejemplo, si bien es cierto que si me quiero más a mí mismo posiblemente seré capaz de tener mejores relaciones con los demás, no es menos cierto que si soy capaz de hacer determinadas cosas con éxito, por ejemplo fijarme metas y cumplirlas, eso también aumentará mi autoestima.
He aquí, pues, algunas cosas que podemos hacer para elevar nuestra autoestima:
• Evitar lastimarnos a nosotros mismos . Aprender a tratarnos con respeto y comprensión, a hablarnos en términos positivos en lugar de “machacarnos” con pensamientos derrotistas o juicios excesivamente críticos y despiadados, y a dejar de lado hábitos y conductas destructivas. Para ello podemos utilizar, entre otras, las técnicas del pensamiento positivo o la planificación de objetivos –explicadas en artículos anteriores de esta revista- o, buscar ayuda terapéutica, en caso necesario.
•  Aprender a decir “no” , a no dejarnos manipular por chantajes afectivos, etc. A menos que algo esté dentro del ámbito de nuestras responsabilidades, no tenemos obligación de realizarlo. Y menos bajo coacción o amenaza. Como contrapartida, debemos estar dispuestos a aceptar que los demás puedan negarse a satisfacer algunas de nuestras demandas.
• Considerar nuestras necesidades de supervivencia y bienestar físico y emocional como prioritarias. Las actitudes de “mártir” o de “víctima sacrificada por el bienestar de los demás” terminan pasándonos o pasándoles a los otros, tarde o temprano, una elevada factura que se puede traducir en enfermedades físicas o psíquicas, baja autoestima, rencores y resentimientos soterrados susceptibles de explotar en cualquier momento, etc. Sólo a partir de la satisfacción de nuestras necesidades básicas, podremos atender adecuadamente a las de los demás. Entre nuestras necesidades de bienestar emocional estarían el derecho a ser tratados con dignidad y respeto, a decidir lo que es mejor para nosotros, a expresar nuestros propios sentimientos y opiniones, a pedir –no a exigir- lo que queremos y necesitamos, a ser escuchados y tomados en serio y a proteger nuestra salud física y mental, aún cuando esto último a veces requiera comportamiento agresivo o inseguro o pueda molestar a los demás.
•  Convencernos de que no necesitamos hacer nada especial para considerarnos seres humanos valiosos. Somos valiosos, y dignos de amor y respeto, por el mero hecho de existir y no necesitamos hacer nada especial para merecerlo, más allá de asumir unas reglas mínimas de convivencia y de respeto mutuo. En otras palabras, no somos lo que hacemos- y mucho menos lo que tenemos- y cometer errores no nos convierte tampoco automáticamente en personas malas o indignas.
•  Arriesgarnos para conseguir aquello que queremos, actuar en lugar de solamente “soñar” con hacer cosas, comprometernos con aquello que realmente nos importa, decidir acerca de las cosas importantes en nuestra vida, ser actores en lugar de meros espectadores y no abandonar a la primera dificultad. Y pensar si estamos viviendo realmente nuestra propia vida, o bien estamos viviendo la que otros nos han asignado.
•  Asumir plena responsabilidad por lo que sucede en nuestra vida y , de la misma manera, no asumir responsabilidades ajenas . Ello implica, por un lado, evitar actitudes culpabilizadoras o derrotistas, poniendo nuestra energía en lo que nosotros podemos hacer para mejorar las cosas y no en meditar acerca de la mala suerte que tenemos, en cómo “debería” ser la vida o en lo que los demás “deberían” cambiar. Y, por otro lado, implica no dejarnos chantajear por sentimientos o reacciones de otras personas con actitud victimista o manipuladora ni crearnos obligaciones que atenten contra nuestro bienestar y derechos humanos básicos.
•  Tomar nuestras propias decisiones en lo referente a nuestra vida . Tenemos derecho a ser protagonistas de nuestra vida, lo cual implica tener el coraje de decidir por nosotros mismos y responsabilizarnos de hacia donde queremos ir. Podemos escuchar a todos, pero en última instancia la decisión final de lo que hacemos con nuestras vidas nos corresponde a nosotros.  
•  Aceptar como lícitos y naturales todos nuestros pensamientos , sea cual sea su naturaleza, teniendo presente que hay una enorme diferencia entre pensar algo y hacerlo. Yo puedo sentir rabia, o deseos de agredir a alguien, o puedo tener fantasías sexuales que me avergüencen, etc. pero por el sólo hecho de pensarlo no me convierto automáticamente en una mala persona ni soy culpable de nada. Es más bien la represión o la negación de aquello que pensamos o sentimos lo que suele causar problemas al provocar una escisión dentro de nosotros mismos.
• Buscar el lado positivo de las cosas . Cuando las cosas no salen como yo quisiera, puedo amargarme pensando en la mala suerte que he tenido o puedo buscar el lado positivo de la situación o la forma de solucionar el problema. Puedo pasar del “¿Por qué me ha de pasar esto a mí?” a “¿Qué puedo hacer para...?”.
• En momentos difíciles de nuestras vidas, procurar mantener nuestras rutinas, aún cuando nos parezcan carentes de sentido . Es decir, seguir haciendo lo que solíamos hacer habitualmente –por ejemplo: acudir al trabajo, llamar a los amigos, practicar un deporte, etc.- en la medida de lo posible. Ello nos dará una sensación de estabilidad que nos ayudará a recuperar la paz interior.
•  Cuidar nuestra salud con una dieta equilibrada, ejercicio regular, etc.  
•  Reservarnos cada un día un tiempo para nosotros, un espacio para hacer cosas que nos gusten hacer, para descansar y reflexionar, para recuperar nuestras energías y nuestras ganas de vivir.
•  No preocuparnos excesivamente por la impresión que causaremos en los demás y aceptarnos tal como somos , con nuestra personalidad única y singular, en lugar de esforzarnos por ser iguales y seguir al rebaño. Nuestra diferencia es también riqueza y, si en lugar de escondernos de ella, tenemos el valor de aceptarla y expresarla, mejorará nuestra autoestima y la calidad de nuestras relaciones con los demás.  
•  Mejorar nuestra capacidad para resolver problemas y , al mismo tiempo, ser capaces de buscar ayuda cuando la necesitemos .
•  Ser flexibles con nosotros mismos. Fijarnos grados de exigencia realistas en lugar de pretender hacer las cosas perfectas. Ser indulgentes con nosotros mismos cuando nos equivocamos, aprendiendo de nuestros errores en lugar de culpabilizarnos.
• Aprender a comunicarnos de forma eficaz , con capacidad para expresar nuestros deseos y necesidades de forma asertiva y no violenta, de defender nuestros propios derechos sin dejarnos manipular ni manipular a los demás.
•  Procurar orientar nuestra vida hacia el “ser” más que hacia el “tener ”. Dar prioridad a los valores humanos más auténticos, al propio crecimiento personal y a la calidad de vida y de las relaciones que mantenemos con los demás antes que a la posesión de objetos, estatus social o riqueza material. Más allá de un mínimo necesario para vivir con dignidad, lo que importa realmente no es lo que tenemos sino lo que somos y cómo nos sentimos, en lo más profundo de nuestro ser, con la vida que estamos viviendo.

¿Por qué no soy feliz?

Todos queremos evitar el sufrimiento y ser felices. Sin embargo, debido a cómo hemos sido condicionados por la sociedad, solemos vivir de tal forma que conseguirlo se vuelve imposible. Saber qué es esencial es el primer paso.

"Si tu objetivo es el amor, tu resultado será la felicidad"
Pilarín Romero de Tejada
89 años. Viuda. Jubilada. Gracias a su marido, con quien estuvo casada 60 años, aprendió a "amar incondicionalmente".
"Recuerdo haber sufrido mucho en mi infancia. Mi madre murió cuando yo tenía dos años. Ya en el colegio, les preguntaba a mis amigas qué sentían al abrazar a sus mamás. Y a los 10 años perdí a mi padre, que era mi referente. Además, por aquel entonces estaba llena de carencias y complejos. Me veía muy fea. En comparación con mis hermanas, que eran todas rubias y guapas, me sentía un bicho raro. Y así, huérfana y sin autoestima, me sentía tan triste que lo veía todo negro. Pero esta visión distorsionada cambió a los 17 años, cuando conocí a Alberto, el hombre de mi vida. A su lado comprendí que yo no era feliz porque no me quería a mí misma. Por eso era tan dependiente del amor y la aprobación ajena. Empecé a mimarme y a verme con otros ojos. Dejé de decirme cosas feas y comencé a sentirme más bonita. Y en la medida que me fui sintiendo mejor conmigo misma, me di cuenta de que este bienestar se multiplicaba cuando amaba a las personas que me rodeaban. Así fue como poco a poco mi egoísmo murió de inanición. Alberto falleció en mis brazos hace casi dos años. Entonces pensé que no sería capaz de soportarlo. Que me marchitaría como una flor a la que le han quitado su agua y su luz. Pero no. Viví el duelo con agradecimiento por la maravillosa vida que pasamos juntos. Él ha sido mi gran maestro y mi gran amor. Junto a él aprendí que nadie ni nada puede hacernos tanto daño como nuestros pensamientos. Y que lo importante no es qué pueden hacer los demás por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por los demás. La vida es tan sabia y generosa que no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos para aprender a ser felices por nosotros mismos. Además, si encuentras el bienestar dentro de ti, todo lo demás viene por añadidura. Y esto que es muy fácil de decir, da para unos cuantos años de aprendizaje. Y por favor, no me creas... Experiméntalo por ti mismo".

"Las cosas esenciales de la vida son las que no se ven. La felicidad no tiene que ver con lo que tenemos"

"Mi clic llegó cuando dejé de quejarme y reinterpreté los mismos hechos desde otra perspectiva"

"He aprendido a desarrollar el amor y la confianza en uno mismo para luego poder compartirlos con los demás"
Reflexionar acerca del sufrimiento y la felicidad es un asunto tan delicado como sobreexplotado. A ninguno de nosotros nos gusta reconocer que no sabemos cómo liderar nuestra vida emocional de una forma más sana y constructiva. Y nos cuesta todavía más que otras personas señalen nuestros defectos y carencias, tratando de guiarnos para aprender a gestionarla mejor. De ahí que el desarrollo personal suela ser ridiculizado y actualmente tenga tantos detractores.
Sin embargo, la arrogancia de creer que lo sabemos todo y de demonizar cualquier información que nos sea molesta o desconocida tan solo limita nuestra capacidad de ver y comprender las cosas desde una nueva perspectiva. En vez de ponernos a la defensiva, podemos adoptar una actitud más humilde y madura, basada en el reconocimiento de que no sabemos y de que estamos abiertos a aprender. Asumir la propia ignorancia es un trago amargo, pero necesario para poder crecer y evolucionar como seres humanos.
Eso sí, lejos de caer en el dogma y la imposición, es importante que no nos creamos nada de lo que nos digan ni de lo que leamos, incluyendo, por supuesto, la información detallada en este reportaje. Tal y como nos anima Pilarín Romero de Tejada, hemos de verificarla a través de nuestra experiencia. Solo entonces podremos ir más allá de nuestros prejuicios, determinando si dichas reflexiones son útiles o inútiles para mejorar nuestra competencia en el arte de vivir.
Marc Dufraisse
"Tenemos de todo, pero ¿nostenemos a nosotros mismos?"
50 años. Casado, con dos hijos. Consultor. Padecer y superar un cáncer le ha conducido a replantearse su manera de vivir.
"Tras licenciarme en Empresariales, comencé una prometedora carrera profesional como ejecutivo. Durante mucho tiempo, lo que yo creía que era la felicidad estaba vinculado a lo que tenía y a lo que deseaba tener. Y lo cierto es que fui consiguiendo aquello que me proponía. Tenía una familia. Tenía éxito profesional. Tenía estatus social. Y tenía dinero, mucho dinero. Sin darme cuenta, había entrado en una rueda materialista que me proporcionaba seguridad, confort y reconocimiento. Pero tan solo era un espejismo. Vivía dormido, sin darme cuenta de por qué hacía las cosas que hacía. A raíz de un cáncer que casi termina con mi vida, desperté del profundo sueño en el que me encontraba. El proceso médico, las operaciones y los tratamientos me hicieron sentir la fragilidad y la precariedad de la vida en mi propia carne. El sufrimiento destapó mis necesidades, angustias y miedos escondidos. Me conectó con mis emociones y sentimientos reprimidos. Por primera vez desde que era niño fui capaz de llorar. Sobrevivir a esta grave enfermedad me transformó. Me hizo ver la vida como un regalo. Cambié mi escala de valores y prioridades. Abandoné el control y me permití ser diferente. Ya no llevo una existencia puramente materialista. Me he dado cuenta de que las cosas esenciales de la vida son las que no se ven, pues tan solo pueden sentirse cuando vivimos conectados con nuestro corazón. La felicidad no tiene nada que ver con lo que tenemos ni conseguimos. De ahí que jamás la encontraremos en la posesión de bienes materiales ni en la consecución de logros profesionales. La auténtica felicidad está dentro de nosotros mismos. El reto es aprender a conectar con ella. Por eso ya no me distraigo con prioridades erróneas. Sé que suena a tópico, pero he vuelto a nacer. A mis 50 años he redescubierto la vida".
Al igual que le sucedía a Marc Dufraisse, a día de hoy seguimos creyendo que la felicidad está vinculada con lo que tenemos y hacemos, marginando por completo lo que somos. Por eso formamos parte de una sociedad materialista, construida sobre tres pilares: el trabajo, el consumo y el entretenimiento. Sin embargo, esta manera de pensar y de actuar está resultando del todo ineficiente e insostenible. La paradoja es que tenemos más riquezas que nunca, pero somos mucho más pobres. Prueba de ello es que el vacío existencial se ha convertido en la enfermedad contemporánea más extendida, y el Prozac y el Tranquimacín, en dos compañeros de viaje de muchos españoles.
Al guiarnos por una serie de creencias erróneas -como que nuestra felicidad depende de algo externo-, dedicamos casi todo nuestro tiempo, dinero y energía a conseguir todo tipo de metas y objetivos, desatendiendo nuestro mundo interior. Y con el tiempo, esta huida de nosotros mismos suele pasarnos factura. Aunque no se suela hablar de ello en las noticias, al menos seis millones de personas sufren depresión en España, según un reciente estudio del hospital Puerta de Hierro de Madrid.
En paralelo, se han disparado las ventas de antidepresivos en este país. En 1994 se despacharon 7,2 millones de unidades. A finales de 2003, esta cifra creció hasta los 21,2 millones. Y en 2009 superó los 33 millones. La ingesta de tranquilizantes, por otra parte, ha seguido la misma línea ascendente. El año pasado alcanzó los 52 millones de unidades vendidas, según el Ministerio de Sanidad.
Lo alarmante de estos datos es que tan solo se corresponden a las compras realizadas por pacientes del sistema público. No contabilizan las prescripciones efectuadas por las consultas privadas. Eso sí, cabe decir que este espectacular uso de ansiolíticos no siempre guarda relación con los estados depresivos de los pacientes. Estos medicamentos también se emplean para abordar la ansiedad, las fobias, los trastornos alimentarios, el dolor y las adicciones.
Otra estadística tabú en nuestra sociedad es la referente al número de suicidios, una cifra que crece anualmente. Así, la prestigiosa revista de medicina británica The Lancet publicó en 2009 un estudio realizado por los Centros de Investigación sobre el Suicidio de las universidades de Oxford, en el Reino Unido, y de Gand, en Bélgica, que estimaba que un millón de seres humanos se quitan la vida cada año. Y según la Organización Mundial de la Salud, al menos otros 15 millones lo intentan sin conseguirlo.
En España, el suicidio ya es la primera causa externa de muerte (con 3.421 casos en 2008), desbancando a las defunciones por accidentes de tráfico, cuya cifra se situó en 3.021 víctimas mortales, según el Instituto Nacional de Estadística. Algunos sociólogos afirman que estos datos son solo la punta de un gigantesco y oscuro iceberg. A pesar de haberse convertido en un fenómeno normalizado, nuestra sociedad padece una grave enfermedad llamada "infelicidad".
Marta Mariñas López
"Aquello que no somos capaces de aceptar es la única causa de nuestro sufrimiento"
31 años. Soltera. Psicóloga social. Trabajar en países en vías de desarrollo le llevó a cuestionar sus creencias acerca de la felicidad.
"Mi forma de comprender la vida y de concebir la felicidad cambió a raíz de salir de mi burbuja social. La experiencia de trabajar en países en vías de desarrollo, así como en barrios en riesgo de exclusión, me ha permitido ver y conocer gente en contextos violentos, teniendo que afrontar situaciones vitales complicadas. Pero más allá de sus circunstancias, muchos de ellos mantienen un brillo de vitalidad en sus miradas y una gran sonrisa en sus rostros. Estas personas me han enseñado que la felicidad está relacionada con la aceptación de la realidad; con confiar en la vida, sacándole siempre la lección de aprendizaje y de superación personal que se esconde detrás de cualquier situación que nos toca afrontar. Eso sí, para alcanzar este nivel de comprensión tuve que pasar por un periodo de profundo sufrimiento. Tras una ruptura sentimental, experimenté mucho dolor, rabia y tristeza. Pero no me permitía sentir esas emociones. Después de presenciar situaciones vitales tan difíciles en otras personas, no me parecía legítimo sufrir por amor, con lo que rechazaba y reprimía lo que sentía. Me llevó varios meses comprender que el dolor forma parte de la experiencia de estar vivo. Así fue como dejé de luchar contra mí misma. Y al aceptarme, dándome el espacio que necesitaba, trascendí el sufrimiento. De pronto sentí una tranquilidad y una serenidad muy especiales. Ahora sé que el secreto de la felicidad reside en la conquista de nuestra responsabilidad y libertad personales, pues podemos ser dueños de la actitud que tomamos frente a nuestras circunstancias".
El cambio realizado por Marta Mariñas López no es un caso aislado. Esta transformación también se está llevando a cabo a nivel colectivo. Existen varios movimientos en todo el mundo -todavía de carácter minoritario- que pretenden situar la búsqueda de la felicidad en el corazón del ámbito político y económico. Esta es una de las áreas de investigación del doctor en Filosofía Jordi Pigem, autor de Buena crisis. Hacia un mundo posmaterialista.
"Si bien para la mentalidad materialista el producto interior bruto (PIB) es la medida más fiable del progreso de un país, tan solo mide transacciones económicas y poco o nada sabe del verdadero bienestar de las personas", sostiene Pigem. Desde hace unas décadas existen indicadores de progreso menos reduccionistas, que miden el bienestar no solo a través del flujo de dinero. Curiosamente, la alternativa más interesante al PIB no ha surgido de los ordenadores de una institución académica, sino de los tranquilos valles de Bután, un enclave budista en el corazón del Himalaya.
En este reino se creó la felicidad interior bruta (FIB), que combina siete ámbitos de bienestar: físico, mental, ambiental, laboral, económico, político y social. Su promotor fue el monarca Jigme Singye Wangchuck, que desde el día de su coronación, en 1974, está apostando por el desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo, la preservación y promoción de la cultura, la conservación del medio ambiente y el buen gobierno como pilares de la felicidad nacional.
Es evidente que no es fácil trasladar la experiencia de Bután al resto de economías industrializadas. Sin embargo, Pigem sostiene que este ejemplo nos lleva a reflexionar que "lo que medimos afecta a lo que hacemos". De ahí que "mientras nuestros indicadores solamente midan y valoren lo material y tangible, seguiremos marginando lo verdaderamente esencial de la vida, relacionado con lo que somos y lo que sentimos en nuestro interior".
Alberto Pérez Buj
"La vida recompensa aquienes hacen las paces con su pasado"
54 años. Casado, con tres hijos y dos nietas. Posibilitador de aprendizajes en la naturaleza. La quiebra de su empresa le hizo replantearse su vida.
"Tuve una infancia llena de amor. Pero un día, cuando tenía siete años, al volver de la escuela me sentí enfermo. Y aquella enfermedad me hizo pasar tres años en la cama, padeciendo dolor, miedo y soledad. En mi recuperación fue decisiva la ayuda de mi familia, que me transmitió la pasión por la vida y la naturaleza. Más adelante, durante mi juventud, imaginé la felicidad como un estado permanente y la busqué en todas partes. Pero no la encontré. A raíz de la ruptura de mi primer matrimonio, me adentré en la terapia psicoanalítica, lo que me llevó a conocerme más a fondo. Sin embargo, mi auténtico punto de inflexión se produjo al quebrar mi anterior empresa. Tras aquel batacazo me sentía tan desorientado que asumí que no podía seguir viviendo de la manera en la que lo venía haciendo. Fue entonces cuando comencé a comprender el lenguaje de la vida. Me di cuenta de que seguía en guerra con mi pasado. Seguía adoptando el papel de víctima, y esta actitud me llenaba el corazón de rencor. Mi clic llegó cuando dejé de quejarme y de luchar contra lo que me había sucedido y comencé a reinterpretar esos mismos hechos desde una nueva perspectiva. Al asumir esta responsabilidad sentí una gran liberación. Entonces tomé consciencia de que nuestro mayor enemigo para ser felices es nuestro egocentrismo. Es decir, querer que la realidad se adapte constantemente a nuestros deseos y expectativas. En aquel contexto, una persona que considero mi maestra me hizo tres preguntas: ¿cuál es tu pasión?, ¿en qué eres bueno? y ¿qué estás dispuesto a hacer con ello? Esta búsqueda me llevó a encontrar mi vocación de servicio hacia los demás. Así es como he descubierto la felicidad. Después de haber estado perdido y sin rumbo, a día de hoy me siento muy agradecido por todo lo que me ha sucedido. Ahora sé que ha sido lo que he necesitado para encontrar mi lugar en el mundo".
"No puedo seguir viviendo conmigo". A sus 29 años, este pensamiento se repetía una y otra vez en la mente enferma de Eckhart Tolle. Por aquel entonces "vivía en un estado de ansiedad casi constante, salpicado por periodos de depresión suicida". Desquiciado por una "desgarradora angustia existencial", finalmente tocó fondo. Aquella saturación de malestar fue lo que le hizo comprometerse con su "trabajo interior".
Tres décadas más tarde, Tolle se ha convertido en un referente del desarrollo personal. Sus libros El poder del ahora y Un nuevo mundo ahora recogen sus experiencias de aprendizaje y transformación, mostrando a los lectores el camino para conocer el funcionamiento de la mente y el manejo constructivo de los pensamientos. A pesar de ser considerado un gran experto, Tolle afirma con humildad: "Soy un ser humano que a raíz de una insoportable insatisfacción emprendí una búsqueda para comprender la causa última de mi sufrimiento".
Pero ¿qué es el sufrimiento? "Es tensión, vacío, ansiedad, estrés, negatividad, miedo, ira, tristeza y, en definitiva, cualquier emoción y sensación que nos deja un poso de malestar e insatisfacción", explica Tolle. Y según sus investigaciones, el origen de todas estas desagradables experiencias no se encuentra en nuestras circunstancias, sino en nuestros pensamientos.
A juicio de Tolle, "nuestras emociones, sentimientos y estados de ánimo no tienen tanto que ver con lo que nos pasa, sino con la interpretación que hacemos de lo que nos pasa".
La mala noticia es que "no es fácil abandonar el hábito mecánico de ver e interpretar lo que nos sucede de forma egocéntrica y reactiva". La buena es que "cuando aceptamos que somos los únicos responsables de nuestro sufrimiento, nos damos cuenta de que podemos dejar de herirnos, cambiando nuestra manera de pensar y de relacionarnos con nuestras circunstancias".
Eso sí, cabe diferenciar entre el dolor y el sufrimiento. Por ejemplo, si de pronto nos empieza a doler la cabeza, podemos quejarnos o incluso luchar contra él, lo que nos acarreará una dosis de sufrimiento. Por el contrario, podemos aceptar que nos duele la cabeza tumbándonos un rato o tomarnos una aspirina. Así, el dolor es físico, y el sufrimiento, emocional: lo creamos en nuestra mente en función de lo que pensamos acerca de lo que nos pasa. De ahí que el dolor sea inevitable, y el sufrimiento, opcional.
El quid de la cuestión radica en que "no somos dueños de nuestra mente, sino que esta suele operar automáticamente". Y aquí es donde se revela la función biológica y psicológica del sufrimiento: "Hacernos tomar consciencia de que nuestra manera de autogestionarnos es ineficiente y disfuncional". De ahí que, tal y como le sucedió a Alberto Pérez Buj, el malestar nos motive a cambiar. Y "esta necesidad de cambio es lo que generalmente nos lleva a crecer, evolucionar y madurar como seres humanos, alcanzando niveles de mayor bienestar y satisfacción", concluye Tolle.
Albert Figueras
"El secreto de la felicidad consiste en valorar tu vida tal como es"
48 años. Vive en pareja y tiene dos hijos. Médico y divulgador. Durante años ha estudiado qué dice la ciencia sobre los pilares del auténtico bienestar.
"Antes solía creer que la felicidad era un estado de gracia que muy pocos podían alcanzar. Y que para ser uno de esos privilegiados tenía que seguir el modelo determinado por la sociedad: estudiar una carrera universitaria, conseguir un buen trabajo, comprar una vivienda, casarme, tener hijos... No es que me sintiera especialmente infeliz, pero mientras iba recorriendo ese camino tenía la sensación de no ocupar todavía 'el podio de los felices'. Mis días estaban marcados por el hastío que te invade mientras esperas, sin saber demasiado bien el qué. Tal vez fue por eso por lo que empecé a interesarme por las bases neuronales de la felicidad. La ciencia dice que percibimos cómo nos sentimos gracias al contraste. Así, cuando alcanzamos cierta riqueza externa es más fácil darnos cuenta de nuestra pobreza interior. He aprendido que la felicidad consiste en apreciar las pequeñas grandes cosas que nos pasan cada día. Y que esos breves instantes se escapan fácilmente cuando aparece el deseo de querer que suceda algo que no está sucediendo. El deseo pone nuestro centro de atención en lo que no tenemos, en lo que nos falta, en lo que podría ser mejor, causándonos grandes dosis de sufrimiento. El deseo nos lleva a regodearnos en recuerdos pasados y a fantasear con ensoñaciones futuras, perdiéndonos por completo el momento presente, que es el único donde sí podemos conectar con la felicidad. El reto consiste en no dar nada por sentado, valorando todo lo que forma parte de nuestra vida. Más que nada, porque lo que se valora se disfruta mucho más, mientras que lo que no se valora se termina perdiendo".
En la última década se han hecho incontables estudios sobre la felicidad. Y entre otros, Albert Figueras destaca el realizado en 2007 por la Universidad de Wisconsin. Un grupo de neurocientíficos se dedicó a hacer resonancias magnéticas a cientos de voluntarios, conectando sus cerebros a 256 sensores para detectar su nivel de bienestar. La puntación más alta, y con una abultada diferencia, la obtuvo el francés Matthieu Ricard, a quien se le declaró "el hombre más feliz del mundo".
Lo cierto es que esta simpática etiqueta no tiene nada que ver con la casualidad. Este biólogo molecular dejó su carrera profesional hace 30 años para convertirse en un monje budista. Actualmente, a sus 64 años, Ricard es uno de los asesores personales del Dalai Lama y lleva una vida contemplativa en el monasterio nepalí de Shechen.
En su opinión, "solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales". Y también con "la euforia de conseguir lo que deseamos". De hecho, "la felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos". Sobre todo porque "no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza", afirma Ricard, autor de En defensa de la felicidad y El arte de la meditación.
Si bien no es fácil definirla con palabras, Ricard sostiene que "la felicidad es la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento". Se dice que somos felices cuando "nos aceptamos tal como somos y sentimos que no nos falta de nada, una percepción subjetiva que está muy vinculada con nuestro estado de ánimo". Por su experiencia, "el bienestar profundo y duradero que todos anhelamos surge como consecuencia de relajar la mente y conectar con el corazón". De ahí que Ricard nos invite a adentrarnos en la meditación. "Nos pasamos la vida haciendo planes y poseyendo cosas, pero ¿cuánto tiempo dedicamos al día a estar solos, en silencio y sin distracciones?".
La frenética actividad a la que muchos de nosotros estamos sometidos suele desgastar por completo nuestra energía vital. Y, a menos que aprendamos a recuperarla, "solemos vivir de forma inconsciente, cayendo en las garras de un peligroso círculo vicioso". No en vano, "en este estado funcionamos con el piloto automático y somos guiados por nuestro instinto de supervivencia, cuyos rasgos más distintivos son el egocentrismo, el miedo, el victimismo y la reactividad emocional". Es entonces cuando, saturados por el malestar, muchos concluyen que el negro es el color de la existencia o que hemos venido a este mundo a sufrir.
Pero nada más lejos de la realidad. Al igual que cargamos el móvil cuando se le agota la batería, los seres humanos podemos cargarnos de energía, y no solo por medio de la meditación. Si bien cada ser humano es único, a todos puede beneficiarnos el ejercicio físico, la naturaleza y el baile, así como quedar con personas alegres y positivas e incorporar en nuestra dieta alimentos más sanos y naturales. El reto es encontrar el equilibrio entre la actividad, el descanso y la relajación.
Anna Sánchez Turné
"Cuando eres feliz surge la vocación de hacer felices a los demás"
52 años. Vive con su hijo y tiene pareja. 'Coach' ejecutiva. Su 'despertar' comenzó a raíz de la crisis en su matrimonio.
"Hace 12 años, a raíz de la crisis y posterior ruptura de mi matrimonio, sentí que tocaba fondo y que debía reinventarme. Movida por esta inquietud empecé a hacerme las típicas preguntas existenciales: ¿quién soy?, ¿cómo quiero vivir la vida?, ¿cuál es mi misión?... Por el camino he conectado con mi autenticidad y con mis valores esenciales, lo que me ha llevado a cambiar lamanera de relacionarme con mi entorno. Este proceso de autoconocimiento me ha regalado la oportunidad de desarrollar una actitud más positiva y optimista frente a la vida. Ylo mejor de todo es que también me ha revelado mi propósito vital. Así fue como decidí cerrar la empresa que había creado años atrás y que me permitía vivir cómodamente. Movida por algo que nutriera mi verdadera esencia, empecé a formarme para ejercer una profesión que me hace vibrar y que me apasiona. A día de hoy me siento en paz conmigo misma y con la existencia. He aprendido la importancia de desarrollar el amor y la confianza hacia uno mismo, para luego poder compartirlos con los demás. Y que la mayor causa de mi sufrimiento se encuentra en mis pensamientos negativos y limitantes. He integrado en mi rutina la meditación, que me ayudaa vivir más conscientemente. He comprobado que cuando cambias tú, cambia todo lo demás. Y que cuando uno aprende a ser feliz por sí mismo ya no se mueve solamente por el interés personal, sino que se embarca en proyectos que persiguen el bien común".
Si la felicidad es nuestra verdadera naturaleza y ya está en nuestro interior, ¿por qué nos cuesta tanto ser felices? ¿Por qué nos empeñamos una y otra vez en seguir los dictados de nuestros deseos? ¿Por qué nos aferramos a hacer realidad nuestras expectativas? "Si no somos felices es porque ahora mismo, debido a cómo hemos sido condicionados por la sociedad, este verdadero bienestar no es nuestra principal prioridad". Son palabras del reconocido doctor en psicología Martin Seligman, uno de los impulsores del movimiento conocido comopsicología positiva.
Avalado por estudios científicos, Seligman ha descubierto que "el primer paso para conectar más a menudo con la felicidad es asumir la responsabilidad y cultivar la sabiduría". Y esta pasa por comprender que "nuestra felicidad solo depende de nosotros mismos". Dado que es un aspecto tan intangible, este experto nos invita a concebirla como un "músculo" que podemos ejercitar cada día. Y no hay mejor gimnasio que nuestra propia vida.
"Las personas que se responsabilizan de lo que piensan y de la actitud que toman frente a sus circunstancias suelen desarrollar una mayor comprensión de quiénes son y de cómo pueden relacionarse más constructivamente con lo que les pasa", sostiene Seligman, autor de La auténtica felicidad. Y como en cualquier otra área de conocimiento, existen técnicas, métodos y herramientas que favorecen y aceleran este proceso de aprendizaje. Por eso cada vez más personas, como Anna Sánchez Turné, están interesándose por el desarrollo personal.
"Tras la asunción de la responsabilidad personal, empezamos a ejercitar el músculo de la aceptación, que, a diferencia de la resignación, está basada en una profunda comprensión de las leyes que rigen la existencia", señala Seligman. "Así es como gradualmente dejamos de luchar y de entrar en conflicto con lo que nos sucede, preservando un estado de paz en nuestro interior".
Según sus investigaciones, "no hay mayor experiencia de felicidad que la que podemos sentir cada uno cuando fluimos con el momento tal y como es". Este aprendizaje nos lleva a ejercitar otro músculo, seguramente el más importante de todos: "la consciencia". Al darnos cuenta de que todo lo que necesitamos para ser felices ya está dentro de nosotros, empezamos un nuevo y apasionante entrenamiento, que Seligman define como "dar lo mejor de nosotros mismos frente a cualquier situación".
En caso de no saber todavía cómo hacerlo, por lo menos ya sabemos lo que nos falta por aprender. "La felicidad no es una meta a conseguir, sino un camino a recorrer", afirma este científico de la psique humana. Y concluye: "Y por más que nos lo sigan haciendo creer, se trata de un viaje de aprendizaje donde no caben las trampas ni los atajos".

IMPRESCINDIBLES

1. LIBRO. 'Fluir'. Una psicología del felicidad', de Mihaly Csikszentmihalyi (Kairós). Un ensayo escrito para un público exigente, crítico y escéptico, en el que se describe, desde un punto de vista científico, de qué manera podemos desarrollar nuestra capacidad de fluir con nuestras circunstancias. Según las investigaciones y los estudios presentados en este libro, todos podemos crear esta experiencia óptima en nuestro interior. Para lograrlo es imprescindible asumir la responsabilidad personal y entrenar el músculo de la consciencia.
2. PELÍCULA. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra. Este clásico del cine narra la historia de George Bailey, un joven cuyo mayor sueño es abandonar el pequeño pueblo en donde nació para viajar por todo el mundo y estudiar una carrera universitaria. Sin embargo, por su camino se cruzan una serie de circunstancias que le llevarán a trascender su propio interés personal en favor del bien común de su familia y de los habitantes de su pueblo. Después de vivir para y por los demás, George terminará recogiendo los frutos de su altruismo, siendo recompensado con la mayor riqueza de todas: su propia felicidad.